
Tras la muerte de don Couturier, el 29 de octubre de 1890, los monjes de Solesmes y los abades de la congregación eligen al prior de San Pedro, don Paul Delatte. La primera preocupación del nuevo abad es, siguiendo los pasos de sus antecesores, la formación de unas almas ansiosas de Dios. Pero conoce perfectamente la necesidad de un marco para una vida monástica seria y por eso procura volver al monasterio. El 23 de agosto de 1895 se realiza el regreso y repican de nuevo las campanas.

Sin embargo, la casa resulta demasiado pequeña para una comunidad que ha ido creciendo; se edifica a lo grande y rápidamente. El 21 de marzo de 1896 se bendice la primera piedra de la nueva obra. En 1898 se inaugura el nuevo refectorio. Al mismo tiempo, dos grupos salen para fundar nuevos monasterios: San Miguel de Farnborough cerca de Londres, en 1895 y Santa Ana de Kergonan cerca de Plouharnel, en Bretaña en 1897.
Estos años pacíficos se acaban bruscamente el 1 de julio de 1901. La ley de las asociaciones, en realidad una ley contra las congregaciones, obliga a don Delatte y a los monjes a preferir el exilio. El 20 de septiembre, salen de Solesmes, muy emocionados, para la libertad que les ofrece Inglaterra. El parque y el castillo de Appuldurcombe les proporciona un refugio, al sur de la isla de Wight. La generosa amistad del marqués de Juigné lo lleva a comprar la abadía de Solesmes, a la espera de días mejores. Pero éstos tardan en llegar, y como el castillo de Appuldurcombe no permite una larga estancia, don Delatte adquiere la antigua abadía de Quarr al norte de la isla. Allí llega la comunidad en 1908 y pronto don Paul Bellot empieza la construcción de un nuevo monasterio.
En ese entonces lo único que falta es el suelo de la patria. En el silencio y la paz los monjes aprovechan la enseñanza de su abad, magnífico ejemplo de teólogo contemplativo. Todos aprecian sus cualidades: la inteligencia luminosa, la cultura extensa, la bondad profunda junto a una sensibilidad delicada, juntándose la juventud de alma, la nobleza de carácter y el vigor de su temperamento y sobre todo la fe más sobrenatural, el sentido de Dios y de sus derechos absolutos sobre la criatura. Nadie se sorprenderá al saber que ocurrieron unas tormentas en torno a una personalidad tan fuerte. Con todo el abad influía notable y durablemente en todos sus hijos.
Dom Delatte quitta sa charge en 1921, immobilisé par
une paralysie qui l’éprouva jusqu’à son
décès en 1937 à Solesmes.
